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Ámbito literario - Cultura

Prólogo "Setenta veces siete, más de tres veces" de Orlando Valdez

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          Rebelándose contra La cobardía feroz del silencio y nadando, elevándose desde El hondo silencio de toda locura, Orlando Valdez resiste, no se entrega. Su voz es auténtica y sensible, pese a tanto y a todo. El mezquino trazo del acto no lo doblegará ni hará morder el polvo fácilmente.

          Para que amanezca mar entre sus dedos, olvida su nombre y, revuelto en un jirón de la madrugada: vive, siente, escribe. En ocasiones desde una soledad insondable y a veces acompañado por esos hombres (compañeros, hermanos) que han enloquecido, como él. Valdez transita, enhebra paisajes repetidos Setenta veces siete, más de tres veces, pero vueltos a nacer a partir de otra perspectiva, a partir de su indómita libertad de ver y sentir. Conservando lo que vale la pena conservar y enterrando las palabras muertas.

          Aún siendo consciente de que su búsqueda jamás llegará a tierra prometida, bucea incansablemente en un dialecto cerril, seducido por La insólita simetría  que intuye. Escribe palabras sueltas para que una o más lo lleven lejos y, a partir de esos ecos, recorre, hilvana, encuentra nueva magia, nuevos apogeos y nuevos horrores. Porque a pesar de tanta podredumbre él es su único amo, su único señor.

          Es verdad, probablemente todos los sueños estén lejos de casa, pero hay una obstinación, una terca voluntad del poeta para oír la lluvia hasta el vértigo del goce, para que nada ocurra por costumbre. Pasajero de la nada, impuro triunfante del combate, se ofrece para ser un palo más de nuestra balsa y para que sobre ella construyamos templos para justos y pecadores.

          Entonces desde la contradicción que lo encripta sueña las palabras que no pudo escribir, las que oculten esa noche, esa mañana incesante que no quiere, que se resiste a olvidar.

          El rasgueo de las cosas de un mundo vanidoso (que nadie al fin quiere salvar) lo dejaron en el umbral de sordos silencios pero marchará, aun teniendo miedo, a sembrar otra flor.  Y como apenas un cielo no alcanza, a los tres días el poeta volverá a morir una muerte agridulce, arropado en los suaves dolores del amor.

          Valdez no quiere ser el vigilado que vigila al vigilante, ni agacha la cabeza para integrar la oprobiosa tribu que en la noche acostumbra alumbrarse con aplausos y ofrendan su vida lamiendo culos, soñando ser. Desde su atalaya no mendiga ni pide clemencia. Sabe, a esta altura del camino, que habrá de morir siendo una sombra que ha durado poco. Prefiere, asume la aridez, los paisajes sobrios,  ser el breve instante, el desconocido de siempre, seguir siendo digno de sí, sin miedo al después, ya que lo suspensivo es callar todos los días el extravío, la mentira teñida de rojo.

          Este libro contiene: pronóstico de lluvias, partes de la noche arrojadas en la arena, algo bajando anaranjado en el amarillo del olvido, el simple brillo de una hoja, belleza… Invicta y delicada belleza.

          Hay restos, hay huellas del poeta Valdez en estos versos de acero y sangre, porque logra ser lo que huye de todo hastío y todo candado.

          Cuando sea juzgado alegará que es inútil luchar contra lo inolvidable y se declarará culpable por su amor a las palabras.

 

Miguel Culaciati

Septiembre de 2019

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