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Artículos periodísticos

Rosario duele, Rosario sangra

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Familias amputadas, sueños destrozados, niños traumados, esfuerzos que se malogran. Rosario llora, Rosario duele, Rosario sangra. Sebastián el "oso" Cejas era cocinero en el bar de La Paz esquina Italia. Trabajaba, ayudaba a su familia, tenía proyectos, tenía sueños. Mientras esperaba que su padre terminara diálisis en el Hospital Español cuatro delincuentes lo asesinaron fríamente frente a su madre.  Tiziana era una adolescente de 14 años que simplemente lavaba los platos en su casa cuando un balazo le atravesó la cabeza . Estos casos son apenas dos ejemplos de una larguísima y penosa enumeración de situaciones derivadas de la inseguridad que se agrava sin reconocer límites. Hablar con amigos rosarinos implica ineludiblemente escuchar todo tipo de lamentos, cambios de hábito en la vida cotidiana, angustia y hasta desesperación. Esta historia lleva años, demasiados años y no mejora, ni siquiera se mantiene estable:  empeora. Basta repasar los titulares locales: asesinatos salvajes, balaceras cotidianas, entraderas y salideras cada vez más violentas, ancianos infartados en atracos, rompepuertas, narcos y sicarios, zonas liberadas, comercios robados casi diariamente, familias que deben hasta abandonar sus casas. La situación se desbordó.  Delincuentes y asesinos captan que Rosario está abandonada a su suerte y atacan cada vez más impune y violentamente. Hace rato que no hay código o límite que no se haya superado. Se roban sanatorios, restaurantes, negocios del rubro que sea con una violencia extrema e impune.  Sólo la cantidad de muertos producto de la delincuencia en Argentina equivale a tres guerras de Malvinas al año.  En dos décadas más de 60,000 muertos. Y a esta cifra, según los expertos, hay que multiplicarla por diez si se abarca a quienes quedan afectados física o psicológicamente.  El libro "Nunca más" reporta 7383 desaparecidos en siete años de la dictadura militar. Hoy en menos de tres años las muertes violentas alcanzan esa cifra. Muy penosamente Rosario registra una altísima tasa de homicidios, similar a la de Puerto Príncipe o a la de Managua, incorporándose ya a la lista de las veinte ciudades más violentas del mundo.  Cabe destacar en esta estadística que en algunas de las ciudades latinoamericanas incluidas, a las que conozco bien, los homicidios se producen en un altísimo porcentaje en zonas focalizadas, en riñas de fin de semana, por el alto consumo de alcohol y enfrentamientos barriales. Aquí, en cambio, casi todos en cualquier circunstancia somos blanco, podemos ser víctimas de un asesinato, de un robo.  Abandono del rol de los gobernantes, falta de ejemplo y coraje son circunstancias que nos han inmerso en esta ley de la selva, la ley del más violento, donde quienes  más pierden son los que menos tienen: robados, abusados sin tener posibilidad defensa, por supuesto sin poder pagar una seguridad privada.  Se tocó fondo. En estas condiciones no hay proyecto familiar o de negocios viable.  Queda todo librado a la esperanza de que "no nos toque a nosotros".  Es tremendo naturalizar lo que sucede, no es normal, no es lógico y tampoco es imposible de solucionar.  Hay casos donde se pudo salir, hace no tantos años Miami y Nueva York eran invivibles asediadas por capos narcos, mafias, policía comprada, zonas rojas y descontrol. Gestiones valientes profundas y ejecutivas lograron transformaciones en poco tiempo. Se trata de la aplicación de la ley con rigurosidad y ejemplo. Si no se ejerce la autoridad se produce esta particular guerra civil donde sólo una de las partes está armada, donde la sociedad vive presa en libertad, repleta de sistemas de alarma, de vigilancia de rejas y sobre todo de miedo.  Las autoridades deben asumir ese rol que el pueblo les ha delegado y hacerse cargo. Trabajar profesionalmente, es una situación demasiado extrema como para no tomarla enserio. Si los funcionarios actuales no pueden, no saben o no quieren deben dar un paso al costado o serán responsables personalmente por abandonar el rol principal para el que están dónde están: velar por la vida de las personas, de las familias que habitan en esta bendita ciudad, en esta sufrida provincia. Miguel Culaciati

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